Nombres propios

Nombres propios
Los nombres propios son sustantivos utilizados para mencionar a las personas o lugares con un nombre singular. Son usados para determinar o designar un objeto o persona de una manera única e irrepetible.

-La propia naturaleza designativa de los nombres propios, hace que tengan asociado un único referente, que carece de todo significado lingüístico construido. Ésta es la característica que diferencia a los nombres propios de los comunes. La referencia de los nombres propios es singular, y la de los nombres comunes es colectiva, lo que quiere decir que sirven para designar un conjunto de acciones, experiencias, objetos, etc.

El nombre propio sirve para designar de manera concreta e individual. Un niño aprende su nombre propio, que es la forma como lo designa el resto de la sociedad, mucho antes que el concepto del “yo”. Por lo que no es para nada extraño que el niño se designe a sí mismo con su nombre, ya que él escucha que es con esa palabra cómo nos referimos a él.

Si las personas careciéramos del concepto del lenguaje, nos veríamos obligados a darle a cada objeto o situación un nombre, lo que haría que la comunicación fuera algo muy difícil. Y gracias al lenguaje y los conceptos lo tenemos bastante simple. Los seres humanos hemos reservado los nombres propios para designar todo aquello de relevancia especial en nuestro mundo, comenzando, como no podía ser de otra manera, por los nombres de las personas, que es el elemento de mayor significancia dentro de toda sociedad.

Por, la tradición cristiana, que ha calado tan profundamente en nuestra cultura, los nombres propios de las personas se denominan también "nombres de pila", pues éste era el nombre que se imponía en la Piedra bautismal a los bebés recién nacidos.

También reservamos para las mascotas u objetos significativos de nuestra vida nombres propios, al igual que a la casa de campo o de playa, o también, a ciertos objetos que son únicos como: una obra de arte, el club de nuestros amores, etc.

Los nombres propios, en si mismo no deberían tener significado dado que, por propia definición, son únicos.

Pero si nos basamos en el efecto social que tienen los nombres, y la dificultad, de tener que individualizar la designación, ya de antiguo a los nombres propios se le ponían la forma que reflejara alguna cualidad. Al principio dominaba una denominación de tipo familiar o de clan o tribu. Hoy día ese aspecto familiar está constituido por los apellidos.

En Occidente, con la llegada del Cristianismo, se tomó por costumbre “nombrar” al bebé recién nacido bajo el patrocinio de algún santo, haciéndose coincidir con el momento del bautismo en el que se suponía que nacía a una nueva vida.

Un modo especial de nombrar a las personas es mediante la utilización del mote o el alias, también conocido como apodo.


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